El olor de las hojas de otoño en la madera rechinante de la única habitación del hogar, ventanales por paredes, muchos son meros vanos hacia los árboles que pueden entrar con sus brazos a la morada, el café, el verde se observa al dirigir tu mirada hacia afuera. Sin mueble alguno sólo un colchón en el piso con una sábana, no necesitas más. Toda la luz de fuera ilumina con su arcoiris el interior, los cantos de aves como en un anfiteatro y se posan en el suelo arbóreo del hogar, juegan con el perro y este salta al exterior y corre jugueteando con su nuevo amigo.
Entras por alguna ventana porque no hay puerta, todas las demás entradas están abiertas para el que quiera ingresar, comida encima de un delantal sobre el suelo, manos como cubiertos como han sido y serán, agua del río que corre y fluye al lado de la casa, salir, empaparse e hidratarse, volver a convidar comida a quien quiera, salir de nuevo para aventurarte en el bosque que siempre quisiste explorar, cruzando el río, hasta siempre.
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